Alexander Semenov Continues to Photograph the Earth’s Most Fragile Marine Wildlife Near the Arctic Circle 5

Pandemonium




novela neonoir ciencia ficción


I

Abrió los ojos. Se hallaba en el interior de algún espacio orondo y vacío, dentro de sí. Repentinamente las luces del entorno se atenuaron, dejando paso a la naturaleza primigenia que algún día ella misma cavó. Ya no dormía, ¿para qué? Tan sólo daba vueltas de allá para acá, recreando, creando cosas. Tampoco recordaba su infancia; ¿para qué, si seguía siendo una niña? Corría desnuda y poderosa, y se acordó de que en algún momento esa intimidad sencillamente no existía: No hay vapor de agua para los que lamiendo del bote agreste, quedan varados en la isla solitaria de sí mismos. Un estruendo la tumbó de espaldas y pareció hacerle daño; despertó en la penúltima escalera del umbral ante la esfera animal, pero se resistió a lanzar una mirada. De algún modo sabía que los tentáculos se arrastraban lentamente hacia ella, buscándola.

Se vistió como pudo con su habitual traje negro, mal recostada y a media luz frente a una puerta abierta. Sintió vergüenza y lloró por verse en aquel estado, pero no debía salir sin primero encarar a la presencia, así que se enjugó las lágrimas y continuó corriendo escaleras abajo, esta vez tratando de juntar las palmas de sus manos con el fin de ejercer una oración que expeliera al intruso. Logró serenarse y concentrarse en las líneas y círculos que aquel entorno albergaba, y haciendo consistente la protección contra el ente, arremetió. Ya sabía lo que aguardaba al final de la escalera: la pulcritud de las cientos de habitaciones muertas, todas ellas huecas y prendidas de una apabullante presencia que respiraba, silente y amenazante. Así que continuó, evidenciándose en un último acto desesperado por sobrevivir, mientras la medusa se hacía cada vez más tangible y cercana; la vio condensarse en un único punto de verdosa y enfermiza luz, allí delante, y su corazón pareció estallar mientras se precipitaba contra el enemigo latente, esta vez con palmas extendidas y furiosa mirada. El ente no retrocedió, sino que con violencia insoportable se elevó y precipitó sobre ella, abrazándola. —Muere, mi pequeña ninfa —profirió jadeante la forma escurridiza. Le pareció que todos los huesos del cuerpo se quebraron al unísono y quiso abandonar, pero la desesperación se tornó en cólera depredadora, acertando a esbozar una sonrisa amarga: —Despierta conmigo en Pandemonium —susurró antes de morir.

Níobe despertó dulcemente. —¿Otra vez el mismo sueño? —preguntó él con voz de seda. —No, esta vez acabó antes de convertirme en ella —contestó como para sí misma—. Estaban desnudos, mirándose; a ella le gustaba el leve contacto de su piel, y él pareció complacido, ahogando un ademán de cariño. Se desperezó mientras el traje la envolvía lenta e inexorablemente; hacía cosquillas. Níobe recortó su delicada silueta ante la ventana, y durante unos minutos quedó absorta contemplando los géiseres cercanos: el paisaje que se desplegaba antes sus ojos era el de una estepa en ebullición, una contradicción que causaba exquisito furor en el magín de los artistas que tenían la oportunidad de contemplarlo. El planeta de origen disponía de cuadros similares, tanto en la Antártida como en el misterio terrible de las grandes cordilleras heladas, pero aquello no tenía parangón: era como pintar una explosión volcánica de blanco, de un blanco brillante y doloroso cuyo cielo se difuminaba en gases titilantes.

Ya hemos hablado de los ojos de Níobe, pero no del resto: sus cejas cumplían el imposible ritual de ser pobladas y femeninas a la vez, y sus labios eran coquetos y sensuales y llamativamente adustos; su nariz caía a plomo con dignidad, sin querer zafarse de un rostro pequeño y bien recortado, si bien a punto de hacerse añicos en una falsa fragilidad estampada sobre sus negros cabellos lisos, que descendían y coronaban el conjunto sin atropellarse, lenta y elegantemente… Todo se iba a sus ojos, a decir verdad. Una mirada severa e inteligente como pocas, que nacería sabiendo y explorando muchas cosas, y que se decantaría enseguida por el laberinto.

—Traslúcido. —dijo él, y enseguida las paredes abandonaron su corporeidad, dando lugar a que el pasaje de la ventana se expandiera hacia ambos lados. Ahora el planeta matriz apareció a la izquierda, enorme y amenazante. Resultaba comprensible que los recién llegados desarrollaran extraños tipo de agorafobia. La inmensidad del turbio cielo de Encelado no dejaba indiferente a nadie, provocando desde tristeza a puro miedo. Las pesadillas y los sueños en aquel entorno extraño y amargo eran siempre fugaces, cercadas en un precipicio errante y sinuoso. Los neurólogos habían definido a ese mal como “de altura”, similar al que sufrían aquellos sujetos que temían los viajes atmosféricos. Una fobia primitiva y consustancial al cerebro humano, muy difícil de erradicar y mucho más de tratar. Pero Níobe y aquellos otros colonos que habitaban la blanca luna desde hacía una o dos generaciones, no se sentían afectados en tal sentido. Ese mundo se unía de un modo especial a sus retoños, generando seres aislados, melancólicos e introspectivos.

Los viajes de Níobe eran siempre interiores, así como sus amantes y amigos predilectos eran el producto de una imaginación e inteligencia juguetonas; perfectos trozos dispuestos a cubrir sus necesidades sociales y eróticas siempre que le apeteciera. Se alejó de la ventana y tomó asiento frente a él; separó sus piernas y comenzó a darse placer despaciosamente. No le había dado ningún nombre a su amante: le bastaba con pensar en él; unas veces su cabello era castaño y otras negro azabache, siempre corto y de rostros invariablemente angulosos; cuerpos jóvenes y tersos. Una vez satisfecha, se incorporó nuevamente y se dio una ducha frente al paisaje bullente. Era feliz.


II

Una nube rojiza conquistaba el cielo con una rapidez que no previeron. Iban todos a pie, enfundados en el plúmbeo uniforme de rastreo, ligeramente armados y mirándose nerviosamente. Frente a ellos el fulgor avanzaba, y enseguida miraron al oficial de campo, ansiosos, aguardando las órdenes oportunas. —Deberíamos haber enviado fantasmas, señor. Se lo digo con el debido respeto. —El tono de Lipsius a través del comunicador sonó claro y contundente. El oficial no contestó, atento como estaba a los acontecimientos: si habían sido acorralados en ese malpaís humeante estaban muertos. Los análisis cuánticos y el barrido de espectro que llevaron a cabo a bordo del satélite habían sido concluyentes: el asteroide G-1189 carecía de vida orgánica y su actividad geológica era momentáneamente estable. Pero sus ojos no podían engañarles: la escarpada superficie en lontananza parecía vomitar lava. —Cuervo, ¿qué nos puedes decir acerca de lo que estamos viendo? —Los susurros metálicos que siguieron se hicieron eternos. —Oficial de campo Diocles, Cuervo no percibe ninguna variación cuántica en la superficie. Se procederá con el análisis de profundidad subjetiva. —Lipsius asistía al diálogo del oficial desde el más sincero hastío: sabía qué ocurría y no necesitaba más que ajustarse la camisa y prepararse para lo peor; de todos modos asesinaría al oficial primero. Levantó y amartilló el fusil óptico, y la línea perfecta de luz atravesó el cráneo de Diocles, que cayó de un modo penoso; la armadura de superficie se debilitó y el cadáver comenzó a ser arrastrado lentamente, debido a la falta de gravedad. Lipsius tuvo tiempo de echarse al suelo y activar la función de camuflaje. Mientras, los haces de luz de sus compañeros le buscaban incesantemente, desatándose un caos de pedruscos y un manto de polvo que favoreció su huida.

La frente de Lipsius era amplia y despejada y su mirada azul vidriosa era amarga y sarcástica; sus dientes eran anchos y estaban decolorados, y sus colmillos afilados emanaban arrojo y avidez; de su abundante cabellera y e hirsuta barba pelirrojas podríamos extraer algunas conclusiones inquietantes. Era alto y de una extraña y retorcida corpulencia, y un aluvión de enigmáticos tatuajes laceraba su torso y brazos.

Finalmente habló, tras agazaparse en una trinchera natural: —La nube no es más que una forma de conciencia, camaradas. Es hostil a la vida orgánica. Jodeos. —Un aluvión de insultos se derramó a través de su comunicador: “Traidor y asesino cabrón” podría resumir el sentimiento general que se alzaba en su contra. Lipsius pensó rápido: “Tendré más posibilidades si huyo solo; no tengo tiempo para convencer a nadie y ese bastardo bien merecía la muerte. Debió de escucharme; todos vosotros”. Desactivando su iridiscente armadura de superficie, salió propulsado hacia el satélite oscuro que orbitaba aquella locura, ajeno. Pero su periplo no iba a ser tan sencillo: —Cuervo: estamos siendo atacados y el oficial Diocles ha muerto. Solicito una línea de entrada. —De nuevo, susurros metálicos: —Solicitud denegada. Cuervo tiene órdenes de emprender el vuelo—. Un Lipsius aterrorizado hizo descender su mirada sobre los demás, que huían despavoridos en dirección contraria a la marea roja que amenazaba con aplastarles; porque eso mismo parecía: el enorme caudal de un río gaseoso que se desbordaba, empujado por la misma ansia irresistible que una naturaleza desatada parecía presagiar. Otros dos camaradas recibieron su misma inspiración y salieron propulsados hacia el cielo; el resto quiso seguirles pero desaparecieron, engullidos por la masa nubosa que se extendía por la superficie del cuerpo celeste.

Comenzaron los tiros entre los supervivientes: un retrato expresionista en el interior del silencio estelar. Los intercomunicadores resonaron con amenazas y juramentos, y Lipsius apretaba tanto los dientes que enseguida paladeó el salado manjar de su sangre. Tenía que matarlos lo antes posible, tarea que no resultaba sencilla debido al exquisito adiestramiento militar de sus oponentes. Planeaban y esquivaban con inusitada destreza mientras se aproximaba el fatal cuerpo a cuerpo. Mientras, la peor de las previsiones no se hizo esperar: Cuervo comenzaba a moverse; sus enormes “alas” negras, cuatro rectangulares aspas que formaban una equis perfecta, y sus compartimentos tubulares adheridos se agitaban y oscilaban, cada vez más rápido. Sin la cobertura del satélite pronto la única defensa contra la falta de gravedad se debilitaría, arrojándoles al vacío: la única muerte digna ante semejante terror radicaba en el suicidio.

Los otros contendientes eran Alcayo y Lycos, dos tipos con aspecto de tiburones financieros que manejaban el arma blanca como ningún otro mercenario que el pelirrojo hubiera conocido, y que se dirigían hacia él con sendas espadas, tras comprobar lo inútil del fuego óptico contra la protección radiante que todavía envolvía sus cuerpos con un aura tenue y azulada. Lipsius pensó rápido: no podría aguantar demasiado tiempo contra ambos, así que continuó persiguiendo al pájaro con desesperación, reclamándolo para ganar tiempo: —Cuervo, soy el nuevo oficial de campo: ¡Te ordeno que te detengas! —ruidos metálicos; ninguna respuesta. —Cuervo, ¿quién dio la orden de que nos dejaras aquí? —Silencio. Pausa y sonidos metálicos: —Cuervo no está autorizado a revelar información alguna a este nivel de rango.

Había que pensar en otra cosa, pero no antes de lanzarse contra aquellos dos demonios que ya se le echaban encima, empleando una macabra danza. Lipsius disparó, repeliendo a Lycos con un fogonazo eléctrico; era el turno de Alcayo y de su espada de titanio, cuyo filo restalló furibundamente contra la defensa del pelirrojo. Aquello fue sorprendente para ambos. —No podrás contenernos mucho más. Suicídate. —Alcayo detuvo a su iracundo compañero alzando su brazo con gesto afeminado, y durante unos minutos se miraron intensamente: tres puntos grises sobre una marea tóxica y carnívora.

Alcayo lucía dos hoyuelos por ojos, y su cabello se concentraba en una larga y elegante coleta, fina como una serpiente; Alcayo no tenía cejas y era albino, adornando con apariencia sibilina a un alma retorcida y cruel. Por decirlo todo, era hermafrodita. Lycos era un negroide imponente y lacónico, dotado de una maquinaria anatómica dispuesta tanto al combate como para el coito; y a decir verdad, solía unir ambas pasiones en una orgía bisexual de complejo y retorcido ritual. El rostro y la mirada misma de Lycos representaban un pozo envenenado del que era preciso huir: una espesura arcaica que reunía el horror punzante en un ceño eternamente fruncido.

Lipsius trataba de concentrarse, pero era una tarea del todo inútil: Si Cuervo había decidido marcharse sólo podía significar que aquel supuesto encargo de reconocimiento era una celada para eliminarles. Y al fin rio con desesperación, ignorando conscientemente el peligro que suponía esos dos alfiles, blanco y negro a contraluz, plasmados sobre un lienzo pésimamente ejecutado. “Una estupidez propia de aficionados”, pensó. Enseguida Alcayo bajó la espada y miró grave a su oscuro compañero. Hizo un ademán de negación y se dirigió nuevamente a Lipsius, con tono decididamente conciliador: —Considerando que de momento estamos los tres muertos será mejor que solucionemos nuestro… pequeño malentendido en otra ocasión. —Lycos no dijo nada, tan sólo fijó su mirada de odio en el pelirrojo, señalando a la nave que huía. Lipsius detuvo su hilarante carcajada y concentró su atención en el enorme negroide, con fiereza. —Sí, querido y cabrón amigo, nos abandona el pájaro. Y vosotros tenéis la culpa, panda de incompetentes. —Lycos hizo ademán de abalanzarse nuevamente, y nuevamente fue detenido por el albino, que enseguida espetó juguetón el comportamiento desafiante del barbudo: —Eso no es un tono pacificador, mi querido compañero de desgracias… Entiendo que no estuvimos a la altura de tus engreídas recomendaciones, pero no es justo que rehúyas una digna explicación. —Lipsius esbozó una sonrisa sardónica, y levantando el brazo izquierdo precipitó una grabación holográfica, que se desplegó entre ellos. En ésta pudieron escuchar y ver una escena inquietante: dos siluetas enfundadas con el uniforme del Gobierno Federal discutían en una habitación brillante, frente a un panel de aislamiento; al fondo distinguieron los anillos del gigante azul. Cuando hubo terminado la secuencia, el blanco y el negro sostuvieron graves miradas, y el pelirrojo seguía sonriendo, con ojos huecos y fríos.

—Estamos muertos —profirió quedamente uno de los tres. Y era cierto, pero de un modo que no podían imaginar.


III

Níobe había salido de la habitación, apagando una a una las capas de realidad que minuciosamente había creado para aquellos días. Era difícil imaginar en qué estado de ánimo se hallaba en aquel preciso instante. No se había enamorado de nadie más que de ella misma y de sus sueños, y sin embargo anhelaba cosas que no podía precisar. A veces eso le irritaba y soltaba furtivas risillas de desprecio, torturándose por puro hedonismo. El pasillo que se abría ante ella pronto la llevaría a la antesala de la medusa. “Un laberinto y un minotauro y sería feliz”, pensó. Una puerta metálica se elevó lenta y despaciosamente, dando lugar a una habitación circular donde ardía y refulgía un enorme tanque cónico, y dentro el ser que tanto la atraía: sus tentáculos se balanceaban parsimoniosamente. Una bella imagen de la muerte y una melodía envolvente perfumaban aquel santuario. “A ella le encanta sentirla”, sentenció Níobe. “Lo discierno claramente”.

La medusa pareció darle la bienvenida, estremeciendo de un modo particular la exumbrela traslúcida; a raíz de ésta flotaban cientos de cilios venenosos. Era un espectáculo irreal e hipnótico que atrapaba a Níobe en una espiral de días de inactividad. El ritual era siempre el mismo: con lágrimas en los ojos se acercaba al cristal que envolvía a aquel engendro y lo acariciaba, y enseguida unos tentáculos luminosos y delicados respondían a su calidez, acercándose para tratar de palparla desde el otro lado. “¿Qué quieres de mí, hermosa? ¿Deseas matarme?… Claro que sí, lo noto. Te abalanzarías sobre mí si sumergiera mi cuerpo en el estanque; y me abrazarías otorgándome sueño eterno”. Enseguida se recreó en ese pensamiento, desplegándolo de mil formas distintas mientras era tragada por el lugar. Níobe solía perseguir durante mucho tiempo a sus propios pensamientos, sin importarle qué o quién hubiera más allá de las lejanas fibras de irrealidad que de algún modo eran desterradas desde un plano amargo e incandescente; comprendía lo que eso suponía: estar al margen y vivir una ominosa soledad de la que ya no era partícipe. Todo, absolutamente todo se conducía por sendas amarillas y verdes y magentas. Repetiríamos el argumento sin éxito, ignorando su vientre: Níobe era un mundo ilimitado, eterno y fugaz. Había vivido cientos de vidas, literalmente. Y estaba entrampada en un sentimiento de masacre hacia todo lo que fuera materia y composición; sus pesadillas huían en retratos muy difíciles de pintar, incluso para una señorita errante, rebosante de metáfora. Níobe creaba y leía, como se leía durante su largo periplo por el mundo; sintiendo todos y cada uno de los dolores y alegrías que reposaban sobre el más recóndito lexema escrito por los artistas de antaño. Y a decir verdad se regocijaba en ese hecho como ninguna otra niña traviesa.

No vivía “nadie” con ella, dado que con sus pensamientos se bastaba. Aunque bien conocen los que se conducen por filosóficos caminos que eso no era cierto: había cientos de almas allí, que regresaban o se adherían por doquier, y que en un tiempo pretérito se hermanaron con ella, sintiéndola afín. En algún momento de la Historia las palabras “vivo” y “muerto” perdieron su significado, desplegando su espectro sobre un lienzo dulce y melancólico que recordaba episodios nocturnos de alguna remota época, cuyas luces de neón demostraban cuán nostálgicas podían ser las miríadas de delgado cabello que adornan nuestras vivencias. Níobe había sido lo que quiso: heroína, prostituta, nocturna, búho, princesa y gato. Cuando las barreras entre lo que perdura y lo que se pierde se difuminaron, muchas almas como la de Níobe se lanzaron a la búsqueda incesante de lo eterno, volviéndose países oníricos que atrapaban las formas ralas de los que otrora fueron, y que se unían a la causa de sus mundos bellos y terribles. Su mente se hizo indistinguible de lo creado, tanto que la razón que alguna vez animó sus pasos se desplomó, así como su egolatría. En el pasado de la humanidad, en el denominado “mundo clásico”, se habría dicho que ella vivía en una añagaza fantástica, pero el concepto de “simulación” se había hecho añicos en la densa maleza de las escalas de realidad y sueño. No había términos y ciencias suficientes para dirigirse apropiadamente a lo descubierto: la eternidad se desveló perezosamente, acabando con credos e ideas. Muerte y vida se revelaron los dioses de un camino nunca bifurcado, y que muchos creyeron causa y justificación de sus pequeñas y grandes ideas. Lo cierto es que la angustia y el vacío se hicieron aún más presentes, pero de un modo que apeteció a una amplia población de anhelantes fantasiosos.

Níobe fue detenida por una mano inmaculada cuando inició su ascenso hacia el borde de la cubeta iridiscente; el halo de irrealidad hipnótica y la música le habían provocado ebriedad, y no halló mejor modo de acabar con ese pequeño malentendido de su conciencia que subir despaciosamente para ser devorada por una medusa juguetona y obscena. Pero no fue así: la faz de una mujer de piel oscura y brillante se materializó a su lado, haciéndole daño: —Quieta.

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