nigrivirislider

Nigri Viri




ἀπογυμνοῦν αὐτὰ καὶ τὴν εὐτέλειαν αὐτῶν καθορᾶν
καὶ τὴν ἱστορίαν ἐφ̓ ᾗ σεμνύνεται περιαιρεῖν.


Nigri viri ad se ipsos

Solitude and absence of judgment are the fundamental pillars of Nigri Viri’s ways; a rule for a man who faces the century hopeless and helpless; who claims for understanding based on what they call suspension: trustful yet dubious toward bold concepts such as truth, end, purpose, sense or meaning.

Scientists of souls, devoid in void defending innocence and clearness. Masterminds covered in darkness. They just do not affirm in sick or health, however they evolve in solving the mysteries of the labyrinth. The lack of dramatism conveys a vacuum of leading feel, so they turned into intermediaries of prior phenomena. There is no guidance in life, but a creative stream shaping opaque crystal, reaching out perfection in the mere process of casting a shadow.

Nigri viri, they are anarchas: their label stems from Cain’s mark, although their bibliothèque lies in the Prince-Princeps of Eternal Return’s textbooks. Sitting in perpetual mourning for the gone souls, they work in craving the madness which entails all creation; that is the very reason why they dress black clothing.
Persona’s collective dimension is a tragic misalignment of the hidden forces of the soul, compelled by a mischievous desire of being lavished or entitled by the alien. The otherness is forbidden; its terms are pointless. By pouring into the soul, we will be able to build a fine façade for ourselves up. Egocentrism is a weak offspring of the dissolution in the alien.

Solitary by definition; seeking a procedure that establishes boundaries in a life self-designed. Death is flying over us so we are giving up our fate uncomplaining. Alone, adrift, stranded, yearning for a redemption located at the bottom of their inner-selves. Serenity, clarity, peace of mind are the means to a greater end: strengthen identity in opposition to invasive-lurking egos.

Nigri viri they call themselves, black men who contemplate the scenario through the eyes of the anthropologist, without stepping up for causes whatsoever. Though rage is sacred it has to be delivered in conscience. An angry calm they profess in the pursuit of struggling against the given. Untrusting pros who read and write, ripping apart thin egos. Enlightened pessimists who ran away from outer-definition: there is no righteous epithet for the world outside.

Action-introspection toward mythology and religion: sub-layouts lying in the heart of misconception, albeit unquestionable. In the end, will and action are the main references for the endless road of the so called flat circle. Awareness colludes with autonomy, in a restless attempt for pursuing pure troublesome. In short we seek involvement; nays and yeas originated from a founding purpose: to know, to delineate the underlying logos that surround us. You may say suspension is an illusion, but for that term we fathom the consecution of choosing: a description of becoming-into-being which gives birth übermenschs.

By accepting the impossibility of free-will and embracing the subjugating prison they inhabit, they paradoxically liberated themselves from the tyranny of fear. There is no point in the fact of perceiving but then again they lead their ways out to the completion of their innate skills.

Dream-agination is the prime pounding realm of life, therefore a freeman is unequivocally seeking for lighting up the shady corners of the unconscious. Symbolizing-understanding constitutes the commanding feature of absence.

Every thought accommodates the truth of symbolizing art, therefore we philosophize literary through the ways of language. Coherence is the vanishing point of philosophy, while science focuses on the ephemeral. Truth lies in action, edging forward restraint and responsibility.

IFK


Hilma-af-Klint-10

Karstic Mind

Entre los laberintos de mi mente habita un duende, un ente oscuro y vil, protector de secretos inconfesables y profeta de delirios nocturnos. Cuando el sol se rinde a la oscuridad y la esperanza destila su amargo sentir, le rindo pleitesía como único dueño y señor de mis obsesiones trasnochadas. Aquellas noches cálidas que no parecen invitar al sueño, las obsesiones se hacen fuertes, recorren los amplios salones subterráneos de la inconsciencia y emergen estallando en mi alma, guiando mis pesadillas hacia proyectarse en la oscuridad de la noche, fundiéndose con las sombras y la tenue luz de la luna. Es entonces cuando veo a ese extraño guía, a esa criatura que habita en mi memoria y que, cargado con la más pura malicia, me empuja hacia esferas inhóspitas de la realidad donde la imaginación y el miedo se funden con una realidad que poco a poco empieza a fragmentarse y a separarse en elementos carentes de significado, donde las partes sustituyen al todo y los antiguos significantes se convierten en símbolos indescifrables para los seres que no han sido tocados por la locura.

Mientras mi conciencia se transforma, los objetos empiezan a vibrar en consonancia con el malestar que agita mi pecho. Mi duende se revuelve en mi interior, invoca a las sombras y a los misteriosos hados de lo innombrable, catapulta sobre mis ojos, ideas que se transforman rápidamente en extrañas imágenes palpitantes de vida y misterio que finalmente precipitan en el mundo real y se funden con él. Entonces veo como aquellos extraños seres que forman parte del vacío cobran vida, se aparecen ante mí y me muestran un mundo fragmentado, atomizado por partes y nexos frágiles que cohabitan las vibraciones que les dan la vida. De las paredes y los objetos salen pequeñas hebras de electricidad que agitan el aire, como rayos de tormenta o patas de araña que buscan afanosamente una conexión o un punto al que agarrarse, al que conectar. Aquella maraña de seres aparentemente incorpóreos conectan la realidad, le dan forma, integran el vacío para darle existencia, para atrapar las ideas y convertirlas en cuerpos sustanciales.

Mi mente marchitada apenas puede resistir aquella agitación de angustia y conexiones espectrales. Las ideas combustionan en mi interior despertando el infierno del alma y entonces veo que todo a mis pies se desmorona, desaparece la vida y el tiempo, la realidad del espacio se disocia en diferentes realidades que se separan hasta alcanzar horizontes infranqueables a las miradas más poderosas. Los pensamientos se diluyen en aquella incerteza, menguan en significado y se degradan hasta convertirse en pequeñas formas cuadradas que carecen de toda esencia, sin color, movimiento o voluntad. Desde aquella oscuridad remota, que levemente se posa en mi corazón, veo ojos que miran el universo, tentáculos que tantean las posibilidades del mundo y que juegan con los siglos del devenir. Poco a poco una luz se hace cada vez más visible y las distancias insalvables vuelven provocar hendiduras visibles que aglutinan la materia y le vuelven a dar consistencia. Entre aquel milagroso obrar distingo de nuevo los tentáculos, las hebras del universo que juntan y tejen la propia existencia. Intento mirar hacia mis adentros para ver cómo actúan en mí aquellos seres misteriosos, tratando de distinguir si he sido dividido o alterado por los infortunios del cosmos. Sin embargo, no me encuentro, no veo mi cuerpo, mi alma, no siento el corazón ni los latidos; sólo las ideas siguen reposando, conformando el sujeto que trata de entender, explorando rincones ignotos y subterráneos que quizá ya no se hayan en el subsuelo de la conciencia, sino en lugares lejanos del universo, perdidos en lejanas esferas que orbitan alrededor de fuerzas incomprensibles.

No obstante, empiezo a ser consciente de la aglutinación de la memoria, de su súbita reintegración bajo el amparo de aquella luz tenue y azulada que parece recorrer el universo infinito. Noto su viva luz, su energía vital, la restauración del ser, de la realidad, de la existencia. Todo empieza a volver a la calma y la materia vuelve a unirse negando el vacío momentáneo con el que percibimos las cosas. La luz empieza a extinguirse, a diluirse en el espacio que ha dejado atrás y las sombras vuelven a agitarse, esta vez con más fuerza. Parecen dirigirse hacia mí, tratando de llamar a mi recobrada consciencia. Es mi guía, el maestro de sombras, el duende imperecedero el que me llama, me advierte con mirada furtiva desde los ecos de mi pensamiento que algo ha cambiado en mi interior.

Con viva imaginación acuden a mi conciencia explosiones coloridas que más allá de su dinamismo efectivo, buscando direcciones irreconocibles, apariencia y desapareciendo bajo formas diferentes, muchas veces partículas diminutas y otras veces pequeños haces de luces cegadoras. Veo entre aquel silencio cohabitar las luces con la presión anómala que siento en mi pecho, el dolor guía las conexiones, los recuerdos reaparecen y se ordenan para entender una realidad reformulada, inexpresada desde tiempos pretéritos. Con azaroso talento distingo un punto extraño, un lugar de donde emergen con mayor consonancias las luces, un punto de indeterminación en la que se escinde la emoción del pensamiento, un pequeño lugar donde todavía queda viva aquella extraña luz primigenia. Conforme empiezo a ser consciente de esa conexión, el duende evoca mis recuerdos, los proyecta en el vacío y la realidad empieza a cobrar un extraño color donde confluyen el miedo y la curiosidad. Siento su inquietud, su extraño afán de hacerme comprender una verdad oculta que muchas veces he sido incapaz de reconocer.

Aquellos haces empiezan a resultar familiares, poco a poco se desenvuelven, de descifran y se convierten bajo el prisma de una conciencia renovada, en recuerdos vetustos, imágenes reprimidas y pensamientos perdidos en el vacío del ayer. Veo lágrimas recorrer el firmamento, fundirse con las estrellas y renacer con dolores, adquiriendo formas de personas, flores y animales. Veo el viento trasladar los pensamientos a través de los eones del tiempo, haciendo resonar las ideas inmaculadas a través de todos los confines del universo. Descubro poco a poco ese punto de indeterminación donde subyace un torbellino de existencia, una luz que emana hacia todos lados y a la vez hacia ninguna, una luz que sólo se ilumina a sí misma y que ahora por primera vez es percibida por alguien. Veo una luz que es el tiempo extinguirse y condensarse en una sola gota, es un presente inamovible, imperecedero que fue puesto en el centro del cosmos antes de la propia existencia de los dioses mortales y las lunas que animan los sueños y las almas nocturnas. Aquella luz empieza a expandirse hacia todos los rincones, como una esfera que crece sin degradarse, intenta expandirse provocando el pasado y el futuro, moviéndose hacia lugares remotos que quizá nunca alcance.

Aquel fluir de energía remueve mi interior y entonces comprendo la verdad de mi ser, la verdad de mi existencia. Al igual que aquella gota de luz, no me encuentro en un tiempo lineal que trata de alcanzar un futuro, tampoco en un tiempo circular que trata de repetirse una y otra vez, sino en un punto de indeterminación donde solo existe el presente. La conciencia, animada por aquella espiral, crece hacia los puntos divergentes, provocando la aparición de la memoria, tratando de crear una historia, un pasado, un nexo de unión que trate de explicar lo que no puede ser explicado, tratando de encontrar un origen a algo que es eterno e imperecedero. De igual manera, se expande hacia el lado contrario, proyectando imágenes deformadas del presente y del pasado hacia un lugar inexistente llamado futuro. La conciencia trata de justificar el presente de acuerdo con el fantasma del pasado, una ilusión vaga e imprecisa que se contenta con encontrar una causa a la soledad que me domina. Miro hacia el futuro y veo el vil reflejo de ilusiones ya pasadas, una imagen consonante con la falsa esperanza, con supuestas formulaciones que han pasado por mi consciencia y que de alguna manera creo advertir. El pasado no es pues, más que una ilusión y el futuro, una imagen deformada de este pasado, un destello de lo que podría haber sido, una respuesta rápida que trata de poner un final.

El oscuro duende me revela como he creado yo mismo la noción de la muerte para evitar reconocer que no vengo de ningún lugar, que no existo, que mi alma navega en un punto de donde no emerge más que ilusión. Nunca tuve recuerdo alguno, construyo ese pasado para negar mis recuerdos. Construyo un posible fin para poner fin a la angustia que representa el propio hecho de existir.

Laudanus.

placebo1

εγος




egos

Soy coleccionista de egos y escrutador de almas. Mi campo de actuación se despliega en derredor de esas lucecillas perdidas, encontradas, flojas, expansivas, retorcidas y mezquinas que nos rodean. En mi biblioteca académica hállanse obras de referencia atribuidas a Sigmund Freud, Stefan Zweig, Leopoldo A. Clarín, I. Ducasse, Arthur Schnitzer, Fiódor Dostoievski y Friedrich Nietzsche, y a ellos vuelvo para tomar notas y refrendos. Porque mi labor es masticar con letras esa carne poco hecha que supone la humanidad, mas se trata de una tarea ingrata y agotadora de la que huyo a veces, sumergiéndome en la fantasía de mi mundo subterráneo. Porque poseo un don y una maldición de los que estoy orgulloso y decepcionado: sé ver a través de las personas y comprendo sus manchas, anhelos e intenciones. Inconscientemente esa mirada me es devuelta, lo que conduce al centro desnudo de un dueto mentiroso entre el observador y el observante. Como imaginará, no me hace falta ver fantasmas para aterrarme de los muertos, y quizás esa carga algún día me devore con irónica mueca.

Algunos escritores son filósofos, y entre ellos deseo contarme.

Adoro y desprecio esa tarea hacia la que mi surreal vida me aboca con fuerza gravitacional, y no puedo más que estar orgulloso de mi colección de especímenes, de entre los que destacan los artistas, es decir, aquellas almas para las que el mero vivir es un oficio remunerado con dosis displicentes de solipsismo, locura, inquietud, insatisfacción y fascinación. En el extremo opuesto, mis ojos negros observan una legión de hombres y mujeres desmembrados; egos defectuosos cuya existencia bien parece una jugarreta de la necesidad, antes que el don exhausto de un dios bueno. Entre unos y otros se despliegan los momentos, los lugares y los recuerdos. Y bajo todos nosotros, un océano infinito encapotado por una densa niebla.

Soy un pesimista enfundado en un manto de estrellas que yo mismo adorné. Con minuciosidad milimétrica he ido tallando esas lentejuelas, llevado por un impulso extraído de los sueños (de los lúcidos y los inconscientes), mas la luz de éstas no me impide sentir los hechos terribles que el tiempo y la decadencia arrastran. Como científico de almas caídas, soy consciente de las dificultades aparejadas a su retorno; los egos con que los vivientes se adornan públicamente se disfrazan de ideas e ideíllas, de etiquetas de colores o debates que son sólo palabras, pero insisto: yo soy capaz de rasgar esas vestiduras y contemplar las deformidades y las bellezas de sus seres verdaderos. Y no soy el único integrante de este selecto club de académicos.

Hacer una radiografía certera de un ego es sencillo: basta con rastrear su relación con los demás y despejar esa equis que es el otro. Una vez desprovista la ecuación del elemento colectivo, nos resta la materia bruta de lo que fue y de aquello que pudo ser. Con esa hipótesis en mente me lanzo al ejercicio taxonómico de la carcasa que, insisto, es el ego. En el lienzo blanco que despliego sobre el suelo, con el fin de manchar lo menos posible, voy arrojando los pedacitos macilentos para así examinarlos con determinación, en el frío anhelo de llegar a la bondad primigenia del alma, ora asqueado de una labor que detesto, ora orgulloso de su grandeza. De entre esos fragmentos, los que más me repugnan y divierten los voy embotellando y reservando en un mejunje de oculta receta.

La filosofía antigua se ocupó de desenmascarar al ego artificioso, de reflotarlo a la playa consciente y de reubicar el alma en su justo lugar: el de gobernadora de la isla. ¿Mi opinión? Ninguna; me decanto por la vana ciencia del taxidermista, que con amor desinteresado se dedica a extractar órganos y escorias, con el fin de crear algo bello u horrible. La obra literaria. Pero me desprecio, así como desprecio a las miradas frías de los científicos, y por eso anhelo penetrar en el teatro del mundo, sin intentarlo ni conseguirlo. “Ser inconsciente del ego y tornarse alma”, esa debería ser la divisa de todo buen filósofo. ¿Debería? Para las almas que viven inconscientes de sí mismas, el ego es una gala o un andrajo que se porta con solemnidad o con torpeza… Apenas puedo contenerme, y sería capaz de gritarles que están ridículas así vestidas, ¡que se desnuden y saquen a relucir sus vergüenzas!, pero el ademán vuelve a sumergir la cabeza en la charca, cual sapo amohinado.

El ego acomplejado o herido que busca atraer la atención y la compasión y el expansivo que persigue desecar egos ajenos para alagar el suyo propio, desprenden una pestilencia similar, fácil de identificar para el filósofo que escribe o el escritor que filosofa. Y cuando ambos elementos se conjugan en el verbo existir, su presencia es raramente tolerable. ¿Penetro en los resbaladizos terrenos de la moral? Nunca fue mi intención; como he dicho, me nutro de los egos: los disecciono, trato y registro. Colecciono los bellos y me desprendo de las manzanas podridas. Y entre ustedes y yo, a veces hago uso de sus flaquezas en mi propio beneficio.

Pero, ¿qué hay de aquellos egos que deciden apartarse y vivir en claustros, reales o figurados? Les invito a que hagan un ejercicio de abstracción: olvídense por un momento de que los demás existen y vuélvanse a mirar en un espejo. ¿Cómo vivirían si lo hicieran sólo para sí mismos? La respuesta a esa pregunta es la antesala del alma, pero no el alma misma, que por propia definición es eterna e insatisfecha posibilidad. Pues bien, aquellos “santos” que viven en olvido perpetuo de sí mismos, se dividen entre los que se saben egos feos y por ese motivo detestan la compañía, y en fin, aquellos otros cuyo ego es un baluarte erigido en oposición al mundo. ¿Qué?

Yo de monjes y monjas sé mucho, pero de ellos no hablaré aquí, porque su universo solitario está invadido de cometas que no procede observar con telescopios tan cortos.

Deseo ser sarcástico y cáustico, pero mis palabras son serenas e irónicas; tal es el aprecio que tengo por este mi oficio. Los acólitos no son sino egos deformes que necesitan de la candidez de un alma ajena para alcanzar una imagen de sí mismos que les sea tolerable. A veces uno o dos de ellos se decantan por el suicidio en virtud de un burdo ejercicio de autoconocimiento, pero de esos cadáveres no deseo hablar; me deprimen. Por el contrario, deseo departir sobre los bellos egos: Lord Byron, James Dean, Ludwig II, Frida Kahlo, Katherine Hepburn o… Jeff Buckley o Brian Molko, my sweet prince. Siendo meras fachadas, las almas han logrado proyectar sobre los egos las olas irrefrenables del sentimiento oceánico. La fascinación que desprenden proviene de su potencia.

El infierno segrega ángeles coquetos, mas en los viveros burgueses no crecen más que princesas de la palabra oprimida, incapaces de crear, cuidar y amar. La pasión, el erotismo y la manía son duendes extraños a la trivialidad de esos egos resecos, envidiosos y acomplejados. Sí, el hombre es algo que debe ser superado.

IFK


Alexander Semenov Continues to Photograph the Earth’s Most Fragile Marine Wildlife Near the Arctic Circle 5

Pandemonium




novela neonoir ciencia ficción


I

Abrió los ojos. Se hallaba en el interior de algún espacio orondo y vacío, dentro de sí. Repentinamente las luces del entorno se atenuaron, dejando paso a la naturaleza primigenia que algún día ella misma cavó. Ya no dormía, ¿para qué? Tan sólo daba vueltas de allá para acá, recreando, creando cosas. Tampoco recordaba su infancia; ¿para qué, si seguía siendo una niña? Corría desnuda y poderosa, y se acordó de que en algún momento esa intimidad sencillamente no existía: No hay vapor de agua para los que lamiendo del bote agreste, quedan varados en la isla solitaria de sí mismos. Un estruendo la tumbó de espaldas y pareció hacerle daño; despertó en la penúltima escalera del umbral ante la esfera animal, pero se resistió a lanzar una mirada. De algún modo sabía que los tentáculos se arrastraban lentamente hacia ella, buscándola.

Se vistió como pudo con su habitual traje negro, mal recostada y a media luz frente a una puerta abierta. Sintió vergüenza y lloró por verse en aquel estado, pero no debía salir sin primero encarar a la presencia, así que se enjugó las lágrimas y continuó corriendo escaleras abajo, esta vez tratando de juntar las palmas de sus manos con el fin de ejercer una oración que expeliera al intruso. Logró serenarse y concentrarse en las líneas y círculos que aquel entorno albergaba, y haciendo consistente la protección contra el ente, arremetió. Ya sabía lo que aguardaba al final de la escalera: la pulcritud de las cientos de habitaciones muertas, todas ellas huecas y prendidas de una apabullante presencia que respiraba, silente y amenazante. Así que continuó, evidenciándose en un último acto desesperado por sobrevivir, mientras la medusa se hacía cada vez más tangible y cercana; la vio condensarse en un único punto de verdosa y enfermiza luz, allí delante, y su corazón pareció estallar mientras se precipitaba contra el enemigo latente, esta vez con palmas extendidas y furiosa mirada. El ente no retrocedió, sino que con violencia insoportable se elevó y precipitó sobre ella, abrazándola. —Muere, mi pequeña ninfa —profirió jadeante la forma escurridiza. Le pareció que todos los huesos del cuerpo se quebraron al unísono y quiso abandonar, pero la desesperación se tornó en cólera depredadora, acertando a esbozar una sonrisa amarga: —Despierta conmigo en Pandemonium —susurró antes de morir.

Níobe despertó dulcemente. —¿Otra vez el mismo sueño? —preguntó él con voz de seda. —No, esta vez acabó antes de convertirme en ella —contestó como para sí misma—. Estaban desnudos, mirándose; a ella le gustaba el leve contacto de su piel, y él pareció complacido, ahogando un ademán de cariño. Se desperezó mientras el traje la envolvía lenta e inexorablemente; hacía cosquillas. Níobe recortó su delicada silueta ante la ventana, y durante unos minutos quedó absorta contemplando los géiseres cercanos: el paisaje que se desplegaba antes sus ojos era el de una estepa en ebullición, una contradicción que causaba exquisito furor en el magín de los artistas que tenían la oportunidad de contemplarlo. El planeta de origen disponía de cuadros similares, tanto en la Antártida como en el misterio terrible de las grandes cordilleras heladas, pero aquello no tenía parangón: era como pintar una explosión volcánica de blanco, de un blanco brillante y doloroso cuyo cielo se difuminaba en gases titilantes.

Ya hemos hablado de los ojos de Níobe, pero no del resto: sus cejas cumplían el imposible ritual de ser pobladas y femeninas a la vez, y sus labios eran coquetos y sensuales y llamativamente adustos; su nariz caía a plomo con dignidad, sin querer zafarse de un rostro pequeño y bien recortado, si bien a punto de hacerse añicos en una falsa fragilidad estampada sobre sus negros cabellos lisos, que descendían y coronaban el conjunto sin atropellarse, lenta y elegantemente… Todo se iba a sus ojos, a decir verdad. Una mirada severa e inteligente como pocas, que nacería sabiendo y explorando muchas cosas, y que se decantaría enseguida por el laberinto.

—Traslúcido. —dijo él, y enseguida las paredes abandonaron su corporeidad, dando lugar a que el pasaje de la ventana se expandiera hacia ambos lados. Ahora el planeta matriz apareció a la izquierda, enorme y amenazante. Resultaba comprensible que los recién llegados desarrollaran extraños tipo de agorafobia. La inmensidad del turbio cielo de Encelado no dejaba indiferente a nadie, provocando desde tristeza a puro miedo. Las pesadillas y los sueños en aquel entorno extraño y amargo eran siempre fugaces, cercadas en un precipicio errante y sinuoso. Los neurólogos habían definido a ese mal como “de altura”, similar al que sufrían aquellos sujetos que temían los viajes atmosféricos. Una fobia primitiva y consustancial al cerebro humano, muy difícil de erradicar y mucho más de tratar. Pero Níobe y aquellos otros colonos que habitaban la blanca luna desde hacía una o dos generaciones, no se sentían afectados en tal sentido. Ese mundo se unía de un modo especial a sus retoños, generando seres aislados, melancólicos e introspectivos.

Los viajes de Níobe eran siempre interiores, así como sus amantes y amigos predilectos eran el producto de una imaginación e inteligencia juguetonas; perfectos trozos dispuestos a cubrir sus necesidades sociales y eróticas siempre que le apeteciera. Se alejó de la ventana y tomó asiento frente a él; separó sus piernas y comenzó a darse placer despaciosamente. No le había dado ningún nombre a su amante: le bastaba con pensar en él; unas veces su cabello era castaño y otras negro azabache, siempre corto y de rostros invariablemente angulosos; cuerpos jóvenes y tersos. Una vez satisfecha, se incorporó nuevamente y se dio una ducha frente al paisaje bullente. Era feliz.


II

Una nube rojiza conquistaba el cielo con una rapidez que no previeron. Iban todos a pie, enfundados en el plúmbeo uniforme de rastreo, ligeramente armados y mirándose nerviosamente. Frente a ellos el fulgor avanzaba, y enseguida miraron al oficial de campo, ansiosos, aguardando las órdenes oportunas. —Deberíamos haber enviado fantasmas, señor. Se lo digo con el debido respeto. —El tono de Lipsius a través del comunicador sonó claro y contundente. El oficial no contestó, atento como estaba a los acontecimientos: si habían sido acorralados en ese malpaís humeante estaban muertos. Los análisis cuánticos y el barrido de espectro que llevaron a cabo a bordo del satélite habían sido concluyentes: el asteroide G-1189 carecía de vida orgánica y su actividad geológica era momentáneamente estable. Pero sus ojos no podían engañarles: la escarpada superficie en lontananza parecía vomitar lava. —Cuervo, ¿qué nos puedes decir acerca de lo que estamos viendo? —Los susurros metálicos que siguieron se hicieron eternos. —Oficial de campo Diocles, Cuervo no percibe ninguna variación cuántica en la superficie. Se procederá con el análisis de profundidad subjetiva. —Lipsius asistía al diálogo del oficial desde el más sincero hastío: sabía qué ocurría y no necesitaba más que ajustarse la camisa y prepararse para lo peor; de todos modos asesinaría al oficial primero. Levantó y amartilló el fusil óptico, y la línea perfecta de luz atravesó el cráneo de Diocles, que cayó de un modo penoso; la armadura de superficie se debilitó y el cadáver comenzó a ser arrastrado lentamente, debido a la falta de gravedad. Lipsius tuvo tiempo de echarse al suelo y activar la función de camuflaje. Mientras, los haces de luz de sus compañeros le buscaban incesantemente, desatándose un caos de pedruscos y un manto de polvo que favoreció su huida.

La frente de Lipsius era amplia y despejada y su mirada azul vidriosa era amarga y sarcástica; sus dientes eran anchos y estaban decolorados, y sus colmillos afilados emanaban arrojo y avidez; de su abundante cabellera y e hirsuta barba pelirrojas podríamos extraer algunas conclusiones inquietantes. Era alto y de una extraña y retorcida corpulencia, y un aluvión de enigmáticos tatuajes laceraba su torso y brazos.

Finalmente habló, tras agazaparse en una trinchera natural: —La nube no es más que una forma de conciencia, camaradas. Es hostil a la vida orgánica. Jodeos. —Un aluvión de insultos se derramó a través de su comunicador: “Traidor y asesino cabrón” podría resumir el sentimiento general que se alzaba en su contra. Lipsius pensó rápido: “Tendré más posibilidades si huyo solo; no tengo tiempo para convencer a nadie y ese bastardo bien merecía la muerte. Debió de escucharme; todos vosotros”. Desactivando su iridiscente armadura de superficie, salió propulsado hacia el satélite oscuro que orbitaba aquella locura, ajeno. Pero su periplo no iba a ser tan sencillo: —Cuervo: estamos siendo atacados y el oficial Diocles ha muerto. Solicito una línea de entrada. —De nuevo, susurros metálicos: —Solicitud denegada. Cuervo tiene órdenes de emprender el vuelo—. Un Lipsius aterrorizado hizo descender su mirada sobre los demás, que huían despavoridos en dirección contraria a la marea roja que amenazaba con aplastarles; porque eso mismo parecía: el enorme caudal de un río gaseoso que se desbordaba, empujado por la misma ansia irresistible que una naturaleza desatada parecía presagiar. Otros dos camaradas recibieron su misma inspiración y salieron propulsados hacia el cielo; el resto quiso seguirles pero desaparecieron, engullidos por la masa nubosa que se extendía por la superficie del cuerpo celeste.

Comenzaron los tiros entre los supervivientes: un retrato expresionista en el interior del silencio estelar. Los intercomunicadores resonaron con amenazas y juramentos, y Lipsius apretaba tanto los dientes que enseguida paladeó el salado manjar de su sangre. Tenía que matarlos lo antes posible, tarea que no resultaba sencilla debido al exquisito adiestramiento militar de sus oponentes. Planeaban y esquivaban con inusitada destreza mientras se aproximaba el fatal cuerpo a cuerpo. Mientras, la peor de las previsiones no se hizo esperar: Cuervo comenzaba a moverse; sus enormes “alas” negras, cuatro rectangulares aspas que formaban una equis perfecta, y sus compartimentos tubulares adheridos se agitaban y oscilaban, cada vez más rápido. Sin la cobertura del satélite pronto la única defensa contra la falta de gravedad se debilitaría, arrojándoles al vacío: la única muerte digna ante semejante terror radicaba en el suicidio.

Los otros contendientes eran Alcayo y Lycos, dos tipos con aspecto de tiburones financieros que manejaban el arma blanca como ningún otro mercenario que el pelirrojo hubiera conocido, y que se dirigían hacia él con sendas espadas, tras comprobar lo inútil del fuego óptico contra la protección radiante que todavía envolvía sus cuerpos con un aura tenue y azulada. Lipsius pensó rápido: no podría aguantar demasiado tiempo contra ambos, así que continuó persiguiendo al pájaro con desesperación, reclamándolo para ganar tiempo: —Cuervo, soy el nuevo oficial de campo: ¡Te ordeno que te detengas! —ruidos metálicos; ninguna respuesta. —Cuervo, ¿quién dio la orden de que nos dejaras aquí? —Silencio. Pausa y sonidos metálicos: —Cuervo no está autorizado a revelar información alguna a este nivel de rango.

Había que pensar en otra cosa, pero no antes de lanzarse contra aquellos dos demonios que ya se le echaban encima, empleando una macabra danza. Lipsius disparó, repeliendo a Lycos con un fogonazo eléctrico; era el turno de Alcayo y de su espada de titanio, cuyo filo restalló furibundamente contra la defensa del pelirrojo. Aquello fue sorprendente para ambos. —No podrás contenernos mucho más. Suicídate. —Alcayo detuvo a su iracundo compañero alzando su brazo con gesto afeminado, y durante unos minutos se miraron intensamente: tres puntos grises sobre una marea tóxica y carnívora.

Alcayo lucía dos hoyuelos por ojos, y su cabello se concentraba en una larga y elegante coleta, fina como una serpiente; Alcayo no tenía cejas y era albino, adornando con apariencia sibilina a un alma retorcida y cruel. Por decirlo todo, era hermafrodita. Lycos era un negroide imponente y lacónico, dotado de una maquinaria anatómica dispuesta tanto al combate como para el coito; y a decir verdad, solía unir ambas pasiones en una orgía bisexual de complejo y retorcido ritual. El rostro y la mirada misma de Lycos representaban un pozo envenenado del que era preciso huir: una espesura arcaica que reunía el horror punzante en un ceño eternamente fruncido.

Lipsius trataba de concentrarse, pero era una tarea del todo inútil: Si Cuervo había decidido marcharse sólo podía significar que aquel supuesto encargo de reconocimiento era una celada para eliminarles. Y al fin rio con desesperación, ignorando conscientemente el peligro que suponía esos dos alfiles, blanco y negro a contraluz, plasmados sobre un lienzo pésimamente ejecutado. “Una estupidez propia de aficionados”, pensó. Enseguida Alcayo bajó la espada y miró grave a su oscuro compañero. Hizo un ademán de negación y se dirigió nuevamente a Lipsius, con tono decididamente conciliador: —Considerando que de momento estamos los tres muertos será mejor que solucionemos nuestro… pequeño malentendido en otra ocasión. —Lycos no dijo nada, tan sólo fijó su mirada de odio en el pelirrojo, señalando a la nave que huía. Lipsius detuvo su hilarante carcajada y concentró su atención en el enorme negroide, con fiereza. —Sí, querido y cabrón amigo, nos abandona el pájaro. Y vosotros tenéis la culpa, panda de incompetentes. —Lycos hizo ademán de abalanzarse nuevamente, y nuevamente fue detenido por el albino, que enseguida espetó juguetón el comportamiento desafiante del barbudo: —Eso no es un tono pacificador, mi querido compañero de desgracias… Entiendo que no estuvimos a la altura de tus engreídas recomendaciones, pero no es justo que rehúyas una digna explicación. —Lipsius esbozó una sonrisa sardónica, y levantando el brazo izquierdo precipitó una grabación holográfica, que se desplegó entre ellos. En ésta pudieron escuchar y ver una escena inquietante: dos siluetas enfundadas con el uniforme del Gobierno Federal discutían en una habitación brillante, frente a un panel de aislamiento; al fondo distinguieron los anillos del gigante azul. Cuando hubo terminado la secuencia, el blanco y el negro sostuvieron graves miradas, y el pelirrojo seguía sonriendo, con ojos huecos y fríos.

—Estamos muertos —profirió quedamente uno de los tres. Y era cierto, pero de un modo que no podían imaginar.


III

Níobe había salido de la habitación, apagando una a una las capas de realidad que minuciosamente había creado para aquellos días. Era difícil imaginar en qué estado de ánimo se hallaba en aquel preciso instante. No se había enamorado de nadie más que de ella misma y de sus sueños, y sin embargo anhelaba cosas que no podía precisar. A veces eso le irritaba y soltaba furtivas risillas de desprecio, torturándose por puro hedonismo. El pasillo que se abría ante ella pronto la llevaría a la antesala de la medusa. “Un laberinto y un minotauro y sería feliz”, pensó. Una puerta metálica se elevó lenta y despaciosamente, dando lugar a una habitación circular donde ardía y refulgía un enorme tanque cónico, y dentro el ser que tanto la atraía: sus tentáculos se balanceaban parsimoniosamente. Una bella imagen de la muerte y una melodía envolvente perfumaban aquel santuario. “A ella le encanta sentirla”, sentenció Níobe. “Lo discierno claramente”.

La medusa pareció darle la bienvenida, estremeciendo de un modo particular la exumbrela traslúcida; a raíz de ésta flotaban cientos de cilios venenosos. Era un espectáculo irreal e hipnótico que atrapaba a Níobe en una espiral de días de inactividad. El ritual era siempre el mismo: con lágrimas en los ojos se acercaba al cristal que envolvía a aquel engendro y lo acariciaba, y enseguida unos tentáculos luminosos y delicados respondían a su calidez, acercándose para tratar de palparla desde el otro lado. “¿Qué quieres de mí, hermosa? ¿Deseas matarme?… Claro que sí, lo noto. Te abalanzarías sobre mí si sumergiera mi cuerpo en el estanque; y me abrazarías otorgándome sueño eterno”. Enseguida se recreó en ese pensamiento, desplegándolo de mil formas distintas mientras era tragada por el lugar. Níobe solía perseguir durante mucho tiempo a sus propios pensamientos, sin importarle qué o quién hubiera más allá de las lejanas fibras de irrealidad que de algún modo eran desterradas desde un plano amargo e incandescente; comprendía lo que eso suponía: estar al margen y vivir una ominosa soledad de la que ya no era partícipe. Todo, absolutamente todo se conducía por sendas amarillas y verdes y magentas. Repetiríamos el argumento sin éxito, ignorando su vientre: Níobe era un mundo ilimitado, eterno y fugaz. Había vivido cientos de vidas, literalmente. Y estaba entrampada en un sentimiento de masacre hacia todo lo que fuera materia y composición; sus pesadillas huían en retratos muy difíciles de pintar, incluso para una señorita errante, rebosante de metáfora. Níobe creaba y leía, como se leía durante su largo periplo por el mundo; sintiendo todos y cada uno de los dolores y alegrías que reposaban sobre el más recóndito lexema escrito por los artistas de antaño. Y a decir verdad se regocijaba en ese hecho como ninguna otra niña traviesa.

No vivía “nadie” con ella, dado que con sus pensamientos se bastaba. Aunque bien conocen los que se conducen por filosóficos caminos que eso no era cierto: había cientos de almas allí, que regresaban o se adherían por doquier, y que en un tiempo pretérito se hermanaron con ella, sintiéndola afín. En algún momento de la Historia las palabras “vivo” y “muerto” perdieron su significado, desplegando su espectro sobre un lienzo dulce y melancólico que recordaba episodios nocturnos de alguna remota época, cuyas luces de neón demostraban cuán nostálgicas podían ser las miríadas de delgado cabello que adornan nuestras vivencias. Níobe había sido lo que quiso: heroína, prostituta, nocturna, búho, princesa y gato. Cuando las barreras entre lo que perdura y lo que se pierde se difuminaron, muchas almas como la de Níobe se lanzaron a la búsqueda incesante de lo eterno, volviéndose países oníricos que atrapaban las formas ralas de los que otrora fueron, y que se unían a la causa de sus mundos bellos y terribles. Su mente se hizo indistinguible de lo creado, tanto que la razón que alguna vez animó sus pasos se desplomó, así como su egolatría. En el pasado de la humanidad, en el denominado “mundo clásico”, se habría dicho que ella vivía en una añagaza fantástica, pero el concepto de “simulación” se había hecho añicos en la densa maleza de las escalas de realidad y sueño. No había términos y ciencias suficientes para dirigirse apropiadamente a lo descubierto: la eternidad se desveló perezosamente, acabando con credos e ideas. Muerte y vida se revelaron los dioses de un camino nunca bifurcado, y que muchos creyeron causa y justificación de sus pequeñas y grandes ideas. Lo cierto es que la angustia y el vacío se hicieron aún más presentes, pero de un modo que apeteció a una amplia población de anhelantes fantasiosos.

Níobe fue detenida por una mano inmaculada cuando inició su ascenso hacia el borde de la cubeta iridiscente; el halo de irrealidad hipnótica y la música le habían provocado ebriedad, y no halló mejor modo de acabar con ese pequeño malentendido de su conciencia que subir despaciosamente para ser devorada por una medusa juguetona y obscena. Pero no fue así: la faz de una mujer de piel oscura y brillante se materializó a su lado, haciéndole daño: —Quieta.

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